viernes, 23 de agosto de 2019

La Resistencia de la palabra



1
Es el Tedio. Así llamó un parisino de 36 años al mayor mal moderno hace más de siglo y medio. Su observación abarcaba un ámbito específico: la ciudad.
El París de mediados del XIX era un germen de urbe en desarrollo hiperbólico, desde entonces visto como la Meca de los intelectuales del mundo. Sin ser todavía una fiesta, la capital de Francia llegó a convertirse en el sueño de escritores como Rubén Darío, futuro cabecilla del movimiento de renovación hispanoamericano conocido como Modernismo que para fines de esa centuria había prácticamente reinventado un idioma.
Modernidad. La era a la que ese parisino —llamado Charles Baudelaire— dio un nombre y un retrato esquizoide reclamaba con fuerza una configuración propia y personajes cada vez más delirantes. La pequeña burguesía, que durante el Segundo Imperio bonaparteano acumulaba fuerzas y ya en la Tercera República se asentó definitivamente en el poder, llevó sus ansias de elegancia hueca hasta las calles: nace aquí de cierto modo el concepto de espacio público, aunque con fines comerciales.
Desde antes, entre los años veinte y cincuenta del siglo, París se transforma de una aldea lujosa a una ciudad con rostro protomoderno. Se construyen calles, pasajes (o galerías, que parirían luego lo que hoy conocemos como centros comerciales) y bulevares. La vida cotidiana se acelera: surgirá pronto la locomotora como medio de transporte de pasajeros y el automóvil se anunciará en modelos prototípicos de vehículos autopropulsados por vapor cada vez más veloces. La Revolución Industrial demanda a voz en cuello mano de obra en las ciudades. Suenan los silbatos. Escupen las chimeneas grandes bocanadas de progreso. Se sustituye el arado por el yunque.
En medio de esta marabunta, aquel poeta francés dará nombre a la más grave enfermedad moderna. Las personas desde entonces experimentan una desaprensión por la vida; es el pesar enorme, el extremo aburrimiento, el desagrado que causa dedicarse a algo que verdaderamente no nos interesa. Es el Tedio, hipócrita lector; mon semblable, mon frère.

2
Lo que sucede es que nos han saqueado la experiencia, arguye Javier González Blandino, narrador nicaragüense nacido en 1984, filólogo y profesor de literatura. Durante una tarde naturalmente calurosa de Managua en 2013, sentado frente a un modesto auditorio universitario con motivo de la presentación de Volumen, libro de Luis Topogenario, otro nicaragüense coetáneo —que ha vivido más de una década en Montevideo, Uruguay—, González Blandino señala esa expropiación como la causa de que las personas hoy en día vivamos vidas incompletas.
El ser humano que anunciaba Baudelaire y que magníficamente acotaría luego Kafka, un ente despersonalizado, enajenado, con una existencia automática y programable, es personaje cotidiano de los textos de Topogenario; pero también de Montevideo y de Managua.
Managua, que muchas veces —quizá demasiadas— he escuchado ser calificada como un remedo de ciudad, un enredo, total desorden, un pueblón con rotondas; es la casa inhóspita de casi dos millones de personas que cada día deambulan deprisa por calles incoherentes, casi siempre retrasadas para llegar a un destino que por la noche ha perdido todo sentido. Personas, los capitalinos de Nicaragua, que se han dejado saquear la experiencia. Que nos hemos dejado saquear la experiencia. La experiencia de vivir.
Antes de quedar desempleado, hace más de dos años, mis días transcurrían de manera más o menos idéntica: de la casa a la universidad, de ahí a la escuela de idiomas, luego a la oficina y de regreso a casa; con una ligera variación en el orden de las actividades; más una serie desordenada de relaciones interpersonales que acabó en un colapso nervioso cuya secuela más importante, después del paro y el consecuente deterioro económico, ha sido un cambio en mi visión de la realidad.
Si bien nunca me consideré un autómata, debo admitir que mi existencia se encontraba huérfana de contenido. Mi acercamiento a la poesía, que data de mis primeros años de universidad, allá por 2004, me entregó cierta consciencia que me hacía percibirme como una persona en búsqueda. Nunca supe bien en busca de qué, pero sí, como Oliveira, sabía que mi signo era buscar [aunque en mi primer «Autorretrato» haya hablado mal de mí mismo y dijera que mi verdadero signo era «saltar del tren en marcha»].
Una de mis búsquedas era abandonar «la guillotina de la agenda cotidiana», según leo en la página 71 de mi Antropologíadel poema que publicó Leteo ediciones en 2012. Y también, ahí mismo, confieso que necesito «abandonar el papel y usar la voz directa».
Por eso ahora, mientras camino con Enrique Delgadillo Lacayo, Mario Martz y Flor Velásquez por las calles de la Colonia Centroamérica —que tanto tuvieron que ver con que yo ahora vea más contemplativamente el mundo—, en busca de personas a quienes leer poesía (propia y ajena: nuestra toda, porque la poesía no tiene dueños), pienso si estas acciones aparentemente ínfimas no serán en realidad la única vacuna contra esa enfermedad que anunció mi tocayo en sus Flores del mal. Y si no habré finalmente abandonado el papel para empezar a usar la voz directa.
3
Cuando el bajo y pesado cielo, como una tapadera, aplasta
al gemebundo espíritu que en tedios prolongados se consume;
y, abrazando el círculo total del horizonte,
nos vierte un día negro más triste que las noches;

cuando la tierra se torna húmedo calabozo,
donde un murciélago, que es la Esperanza,
con sus tímidas alas golpeando los muros, huye,
pegando a la vez su cabeza contra el techo podrido;

cuando la lluvia, extendidas sus corrientes innúmeras,
imita los barrotes de una prisión enorme,
y un callado pueblo de arañas despreciables
sus redes a tender viene en nuestros cerebros,

de súbito campanas enfurecidas saltan
y hacia el cielo lanzan un aullido horrible,
igual que apátridas espíritus errantes
que con obstinación arrojan sus quejidos.

—Y fúnebres carrozas, sin tambores, sin música,
avanzan lentamente sobre mi alma; vencida
solloza la Esperanza y despótica la Angustia atroz,
sobre mi cráneo reverente, planta su bandera negra.
Charles Baudelaire

4
Había una vez un gobernante que desconcertó y admiró a su pueblo con sus acciones. Remplazó a la policía de tránsito por mimos que se burlaban de los infractores y educaban a los usuarios de la vía. Emprendió una campaña de vacunación contra la violencia, consistente en la aplicación de métodos simbólicos de desahogo para disminuir esos números rojos. Desarmó a toda la población. Además de entrar a un circo montado en el lomo de un elefante para casarse con su novia en una jaula frente a tigres amaestrados y mandar a dormirse temprano a los fiesteros, obligando a los negocios de entretenimiento nocturno a cerrar a la una de la mañana. Todo un experimento social a gran escala.
Este hombre, que no es el Sancho de Barataria, sino el Antanas de Bogotá, plantó una semilla. La de ciudadanía activa.
Según David Serna, un veinteañero bogotano activista de la bicicleta, las iniciativas de Antanas Mockus como alcalde de la capital colombiana en los noventa e inicios de los dos mil propiciaron que un proyecto como 100en1día se convirtiera en un verdadero movimiento.
Serna es uno de los diez colombianos que, junto a estudiantes de la escuela danesa Kaos Pilots que realizaban en Colombia sus tres meses de formación en el exterior, emprendieron la idea de estimular a los ciudadanos a realizar cien acciones (o interacciones) en Bogotá durante un día para, de manera creativa, canalizar sus deseos de cómo quisieran que fuese su ciudad. El sábado 26 de mayo de 2012, luego de todo un proceso de catálisis, finalmente 250 interacciones fueron realizadas por unas tres mil personas que se desbordaron por las calles de la capital sudamericana.
La iniciativa, que busca establecerse como una actividad anual, ha sido replicada en más de una docena de ciudades de tres continentes, desde Chile hasta Canadá, desde Rusia hasta Sudáfrica, desde Dinamarca hasta Nicaragua.

5
Aquí estoy, entonces, una mañana más o menos nublada de Managua, caminando en trajes intencionadamente seudoelegantes —parodia de los que usan algunos misioneros religiosos—, junto con mis amigos Mario, Enrique y Flor, cargando un bolso atestado de libros de poesía; la guitarra, Enrique; Mario, más libros y una sombrilla; su cámara, Flor. Nos topamos en el mercadito que se pone frente el colegio Salvador Mendieta con dos oficiales de la Policía Nacional, hombre y mujer, que se detienen en una moto a comprar tortillas. «Uno de Neruda», nos pide el agente luego de ofrecerles una lectura. Todos escuchan atentos, los policías, las palmeadoras de tortilla (a quienes acabamos de leer «uno de amor»), las marchantas de las verduras.
Este miércoles 7 de agosto, contagiados por el entusiasmo de las organizadoras de 100en1díaManagua, decidimos salir, Los Amigos de Monet, como nos hemos hecho llamar, en referencia a la gata que vive en la oficina con Mario y Enrique, a leer poesía de puerta en puerta y de calle en calle. Flor Velásquez nos acompaña con su cámara, para documentar la interacción. Nuestro objetivo es sencillo: obsequiar un momento inesperado a las personas que encontremos en el recorrido y tocar su sensibilidad. Rehumanizar, diría alguien poco más presuntuoso que yo.
Aquello sobre el saqueo de la experiencia resuena en mi cabeza. Tengo la intuición de que vivimos en la era del secuestro. A muchos niveles. Y caminar con estos locos para recitar poemas a hombres, mujeres y niños me hace sentir en resistencia. Tiramos como Nemo hacia abajo para no ser extraídos sin permiso del océano que es nuestra consciencia. Hemos compartido poesía y canciones improvisadas con un vendedor de hot-dogs; una vendedora ambulante de vigorón; un grupo de encantadores niños de un preescolar (reventaban de risa a cada gesto exagerado que les hacía); un albañil; una muchacha de servicio doméstico (su «patrona», impaciente, le dijo que nos agradeciera en cuanto acabamos, para que nos fuéramos); un ama de casa (ella no podía ocultar su rostro de sorpresa); una muchacha que, sonriente, limpiaba la acera frente a su negocio (cuando ya nos habíamos ido nos llamó para darnos un billete de veinte córdobas)…
Neruda, Martínez Rivas, Pasos, Delgadillo Lacayo, Martz, M-Castro, Huidobro, Pessoa… Y siempre, al final: «¡Quiéreme! Solo basta una sonrisa, para hacerte tres regalos…». Ha sido, qué duda cabe, una jornada hermosa. Ante el Tedio, Charles; ante los Saqueadores de la Experiencia, Javier; ante nuestros Secuestradores —que somos a veces nosotros mismos—, resistimos.

[Originalmente publicado el 16 de octubre de 2013 en NotiCultura.com, medio ahora desaparecido]

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Opiniones, reclamos, sugerencias, peticiones...

Recibir el contenido del blog en tu correo electrónico