jueves, 3 de mayo de 2018

Viajar de Bakú a Tiflis: de cuando nos deja el tren



Diego y yo corríamos de la estación a la plataforma de abordaje. En el tren nos esperaban mi esposa y nuestros otros dos hijos: el bebé de dos años y la quinceañera. Aprovechando la semana de asueto en Azerbaiyán por la celebración de Novruz —el Año Nuevo persa, marcado por el inicio de la primavera—, habíamos decidido ir a conocer Tiflis, la capital de Georgia, que está unos quinientos kilómetros al noroeste de Bakú —una distancia similar a la que hay entre algunas capitales centroamericanas—. Diego y yo corríamos, y cuando llegamos a la plataforma y oímos el crujir de los rieles aplastados por la mole de fabricación soviética, y vimos los vagones a nuestro alcance, corrimos todavía más.

Faltaban diez para las nueve de la noche y el pollo que acabábamos de comprar en un restaurante de comida ¿rápida? nos parecía cada vez más insípido a medida que tomábamos la plataforma y seguíamos corriendo hasta nuestro vagón. Una llamada de mi esposa me hizo entonces, de súbito, darme cuenta de que corríamos en vano. El tren había partido y Diego y yo habíamos tomado una plataforma paralela, equivocada, con la ilusión de completar una misión que en ese momento ya parecía absurda.

Habíamos salido un poco retrasados de nuestro apartamento hacia la estación, a cinco minutos en taxi en dirección al centro. Una estación que los bakuenses estrenaron apenas un año antes, ubicada en una zona llamada 28 de Mayo, alrededor una estación de metro, un centro comercial, restaurantes, tiendas, paradas de autobuses urbanos colectivos y, debajo de todo, varios pasillos subterráneos con más tiendas. Llegamos y abordamos el tren algunos minutos antes de su partida, un vehículo verdusco que a más de polvo y óxido acumulaba años de la historia de entresiglos. Llegamos y abordamos y pensamos que para el trayecto necesitaremos algo para comer: el viaje durará más de doce horas y no hay enganchado ningún vagón-restaurante al que tengamos acceso.

Es así que Diego y yo salimos del tren, antes preguntando a la acomodadora si nos quedaba tiempo; la mujer nos ve con algo que interpretamos como indiferencia y, tras ver su reloj, nos dice que sí, que hay tiempo. Llegamos al interior de la estación y bajamos un piso, a la planta baja, para comprar el pollo. Nuestra suerte parece buena cuando vemos que hay pocas personas haciendo fila (es una expresión, en Bakú nadie hace fila, el sistema en cualquier caso se parece más al primero-en-ser-visto-primero-en-ser-atendido). Hacemos el pedido y el chico nos pide algunos minutos para entregarnos. Cuando vemos que el tiempo se agota, le pedimos que apresure la orden y lo vemos poner nuestro pedido en esas bolsas de papel con una velocidad cercana al bostezo.

El tren, pues, como queda dicho, nos deja. Mi esposa y los otros dos niños van en él y Diego y yo dejamos de correr. Me dice ella por teléfono que podemos alcanzar el tren en la siguiente estación y mientras vamos hacia la salida a buscar (y negociar con) un taxista, nos intercepta un hombre azerbaiyano que nos ofrece llevarnos. Le pregunto el precio. Me dice que es una distancia larga. Insisto con el precio. Insiste con la distancia. Me exaspero y finalmente suelta: 100 manats (unos 60 dólares). Mis reminiscencias matemáticas operan y, sabiendo que el boleto de tren hasta Tiflis costó 20 manats, se puede deducir mi respuesta.

Ya afuera, ante mi casi nulo dominio del idioma azerí y mi muy mal ruso, doy el celular al chofer que ha accedido a llevarnos. Otro azerbaiyano desde el tren le explica la situación. Diego y yo abordamos el automóvil y el conductor, terminada la llamada, nos hace la pregunta dorada: ¿Cuánto dinero traen? Poco, respondo. ¿Cuánto?, insiste. Treinta, le digo. Traigo casi cincuenta. Me pide que se lo dé. Insiste: ¿dólares, euros? Nuestra calidad de extranjeros es evidente no solo por el idioma: nuestro aspecto es muy distinto. Diego comienza a discutir con el taxista (sabe que el viaje no puede costar demasiado, nos lo han dicho desde el tren). Recibimos la amenaza de volver a 28 de Mayo y entonces cambiamos la estrategia.

Somos estudiantes pobres. Adoptamos esa identidad y el taxista poco a poco se suaviza. Acepta algo del pollo que llevamos en la bolsa y nos explica que nos llevará a las afueras de Bakú para que, desde ahí, otro conductor nos lleve a la siguiente estación del tren. Las llamadas desde el tren para conocer nuestra posición deben cesar: ni Diego ni yo tenemos mucha carga en nuestros celulares. Vamos, pues, un poco a ciegas y comunicándonos con mi esposa (en realidad con la hija quinceañera, que ha tomado el control de la situación ante la tensión de su mamá) para tratar de calcular si llegaremos y qué planes tendríamos en caso de que no.

Ya en las afueras de Bakú, el primer conductor nos conecta con el segundo conductor y este nos indica a qué vehículo (hay al menos treinta taxis estacionados) debemos subir. Ya en el segundo taxi nos damos cuenta de que se trata de un viaje compartido y que tendremos que esperar a que el vehículo se llene. El tren sigue su marcha y desde él una llamada nos urge a que sigamos el camino. Decidimos esperar el resto del pasaje y, tras unos cinco o diez minutos de agonía, el nuevo chofer finalmente llega y emprende el viaje.

Algo así como una hora después llegamos finalmente a la segunda estación del tren. Nos preguntan, el conductor y su copiloto, cuánto hemos pagado por el primer viaje. Quince, afirmo. Y entonces me pregunta por el pago. Todavía dentro del vehículo, oímos a lo lejos el chirrido del tren. Bajamos. Le doy al buen hombre lo que queda en mi billetera: manats y también laris (la moneda georgiana, que vale como la mitad que la azerí). No queda mal parado, aunque ninguno en ese momento sabe a cuánto equivalen los laris que acabo de darle.

Llega el tren y Diego y yo corremos hacia nuestro vagón sin poder agradecer al chofer, temerosos de quedar ahora varados en una ciudad desconocida con solamente una bolsa de pollo y un pésimo dominio del idioma ruso. Así inicia nuestro viaje a Georgia.


Carlos M-Castro


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