viernes, 16 de marzo de 2018

William Pérez (San José de Costa Rica, 1987)



Conocí a William en 2007, durante un evento organizado por el Consejo Superior Universitario Centroamericano, el Festival Interuniversitario Centroamericano de la Cultura y las Artes, Ficcua, que esa vez tuvo lugar en Managua. Él, como resulta obvio, formaba parte de una de las comitivas costarricenses, la del Instituto Tecnológico de Costa Rica, donde estudiaba una ingeniería (civil, si no recuerdo mal).

No fue, sin embargo, hasta dos años después, durante la siguiente edición del mismo festival, esta vez en Ciudad de Guatemala, cuando nos hicimos amigos. De mi delegación (de la Universidad Nacional de Ingeniería de Nicaragua) era yo el único asistente «literato», los demás —cerca de una veintena de futuros ingenieros— llegaron por danza, por música o teatro.

Nos encontramos esa vez en el pasillo del algún instituto, durante una pausa para tomar refrigerios, él y su maestro, Adriano Corrales, sentados en el piso compartiendo el pan y el vino. Me reconoció al tiro y me les uní. Conversamos, pues, de poesía (¿de qué otra cosa?), de cómo habían conocido a mi maestro, Iván Uriarte, que no había viajado esa vez a Guatemala, y de lo que podíamos hacer en los pocos días que duraba el evento al margen de una agenda que poco nos incluía y que, de todos modos, nos aburría a niveles casi agónicos.

De ese viaje me quedó un ejemplar del primer libro de William,
Resonancia Magnética, algo de mala fama entre los responsables de mi delegación por haber desaparecido un día completo, con su noche (vagabundeamos, William y yo, guiados por dos chicos voluntarios del evento por algunas calles del centro, con la experiencia incluida de abordar transporte público [la ruta intervenida por dos muchachos tatuados que se identificaron como exmareros y pedían una colaboración...]; para después unirnos a una espontánea fiesta en su hotel, distante varias cuadras del mío...), y un pantalón que el buen amigo-poeta me prestó tras quedar el mío, gajes de mal bebedor, inutilizable.

—Mae, si usted quiere saber si alguien es tico, pídale que diga treintaitrés —me dijo, en algún momento, William. Dejo acá, pues, los poemas que corresponden a esa numeración de página en los dos libros suyos que guardo en mi biblioteca (la ya referida Resonancia... y Armas robadas, su segundo título, de 2014).

Tinta




«hablo solo
nombrando cada cosa por tu ausencia»
Mario León Rodríguez


no me escucho de la forma que solía hacerlo
tampoco mis pasos suenan como antes

quizá sea la necedad de hundirme en los cuadernos en blanco
mancharlos con un poco de tinta
como techos de lata herrumbrados por vocales
              en esta noche con mandíbulas de perro
              y su lluvia de relojes viejos
              de álbumes fotográficos que saben a lágrimas

hacer que cada nota sostenida sea una isla sobre los labios
una hoja más que ha caído sobre este parque
otro recuerdo teñido de azul
un libro aún por terminar
las tildes que nunca pusimos
              y las comas que estaban de más


(De Resonancia Magnética, San José: Arboleda, 2008. El poema está en realidad allí en la página 35, inaugurando la sección «Tinta», a la que corresponde el epígrafe de León Rodríguez y el 33-delator).




S&W 60



Cuando tomo el mando de tu ruido
—estallido letal en las aceras—
siento que ya he abusado de vos.

Supongo que lo mejor es dejarte
olvidada en el apartamento
allí donde mis dedos te dominan
conocen tu nombre y peligros
la forma que tenés de callar a todos
con tu boca siempre lista para la muerte.

Te dejaré allí
negra y plateada
con un montón de silencio a cuestas
justicias     venganzas     injusticias
gente que has sabido olvidar
dejándoles un casquillo humeante
junto a su cuerpo ya tendido.


(De Armas robadas, San José: Arboleda, 2014).



Contrario a mí, William sí acabó sus estudios en ingeniería, y ejerció un tiempo, según supe. Más tarde, sin embargo, ingresó a otra universidad, también en Costa Rica, para estudiar filosofía. En estos momentos no estoy muy seguro de a qué dedica su tiempo y su talento. Pero sé que ha sido fiel a la literatura; fanático del verso, un libro inédito suyo aún sigue acumulando buen sabor en una carpeta que atesoro con material de varios de mis amigos en cada disco duro que he ocupado desde aquellos años. 

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