martes, 27 de marzo de 2018

Sergio Ramírez, poeta nicaragüense (Masatepe, 1942)



Vi por primera vez en persona a Sergio Ramírez una mañana de 2009. Diría que era un día soleado, si con eso algo dijera: acompañaba a un amigo periodista a entrevistarlo en su casa de Managua. Tras tocar la puerta, un poeta, también amigo mío, nos dio la bienvenida —para sorpresa mía— en su función de secretario particular o publirrelacionista (nunca supe bien) del hoy premio cervantes. 

La excusa de la visita era simple y me involucraba indirectamente. Estaba por editarse una antología de cuentos del que había sido vicepresidente de Nicaragua, un gran emprendedor cultural y para entonces animador de vocaciones literarias jóvenes. Mi amigo-poeta, no otro que Francisco Ruiz Udiel, servía, junto con su cómplice Ulises Juárez Polanco, como puente generacional entre el autor de Margarita... y los autores de libros aún no escritos.

Entre otras formas de ejercer esa función, Ulises y Francisco habían ideado el plan de publicar la referida antología, Perdón y olvido, con cuyas ventas financiarían (y financiaron) la edición de títulos de algunos de sus contemporáneos (así pudo imprimirse, entiendo yo, la Historia vertical de Javier González Blandino, por ejemplo). El caso es que yo había sido reclutado por ellos dos para hacer la corrección de pruebas; tenía por esos días ya más de un año de hacer ese trabajo en el diario La Prensa y recién ocupaba un puesto análogo en La Brújula Semanal.

Cuando llegué a su casa en una zona residencial céntrica de la capital, Sergio, sin embargo, nada sabía de mí, y así era mejor. En mi obsesión por la pulcritud, recuerdo haber sugerido enmiendas más o menos importantes en textos escritos hacía casi medio siglo. Lo cual, está claro ahora, representaba al menos una incomodidad mediana para un escritor ya entrado en años y en mañas que ve su producción juvenil con ojos casi anecdotarios.

Difícil es rozar los matorrales del intelecto nicaragüense para hacerse camino en esto de escribir como un oficio y no encontrarse con ese caballero de las letras. Así, pasado el tiempo, he sido su alumno en algún taller de creación literaria, he colaborado en las revistas Carátula, que él fundó hace ya casi tres lustros, y El hilo azul, cuya dirección ejerce, y he presentado, incluso, una novela suya reeditada por el efímero proyecto Soma (gestionado por otros contemporáneos míos: Luis Báez y Johann Bonilla).

Y como su producción novelística y cuentística es de sobra conocida, y para hacer honor a ese vínculo que ha venido tejiendo con las nuevas generaciones, transcribo aquí tres de sus poemas de juventud, extraídos de aquella revista Ventana que fundó siendo estudiante de Derecho al lado de su compañero Fernando Gordillo, cuya temprana muerte no hizo sino alentar la vocación literaria del entonces veinteañero Sergio Ramírez Mercado. Dejo al final unos extractos del poema que dedicó a las víctimas de la masacre del 23 de julio de 1959, cuando en León una marcha de estudiantes fue disuelta a balazos por la Guardia Nacional de Somoza, con la pérdida de los muchachos Erick Ramírez, Mauricio Martínez, José Rubí y Sergio Saldaña como saldo más lamentable.



3.5 poemas de Sergio Ramírez




Apuntes sueltos sobre un atardecer



Alguien está soplando entre los árboles
con sus pulmones de cristal.

Un hombre va de esquina en esquina
encendiendo las luces en los rieles
y un niño patina en el parque
y va sonriendo como
si le hubieran nacido alas
encima de su camisa,
y otro niño se mece en un trapecio,
y pasa un hombre descalzo
y otro está sentado en el atrio
y alguien quema su basura.

De la torre ha huido un pájaro
porque están repicando las campanas.

Un barrilete ha aparecido en el cielo
encima de los techos y los árboles
y hay un anciano en la puerta de su casa.

En el cielo hay una mano
cerrando todas sus puertas
y abajo un pueblo queda encendido
entre sus casas y sus hombres.

La luz azul de un avión
se va lentamente desplazando
y los niños la saludan con las manos.

Un niño ha guardado sus patines
y se quitó sus alas de la camisa.
Otro abandonó el trapecio,
y alguien perdió su barrilete,
que quedó suelto en medio de las nubes.
Una muchacha dijo “adiós”
en todas las esquinas
—adiós,
—adiós,
pero a mí no,
no me dijo “adiós”
porque vio que tenía
tomada de las manos
a esta tarde de Masatepe.

[Ventana 8 (1961: p. 4)]


Responso para una víbora virgen



Sobre la carretera húmeda las aves
hacen círculos largos arriba de la brisa.
Las aves ven la columna de asfalto
como la losa de mármol del embalsamado
cadáver de una doncella serpiente
muerta de madrugada en una acera
por el calcañal de un hombre.
No digo que sí, pero podría
la impúber serpiente estar sepultada
debajo de la carretera, con flores en los puentes.
Y la lluvia fina como un salmo
y arriba las aves negras como incienso.
Quizá amó este joven dócil,
de suave piel anaranjada, verde los ojos.
Y sin ser lista para enfrentar la muerte
se fue a la ciudad como un transeúnte
y en vez de suicidarse en su veneno
o arrojarse de un árbol
prefirió morir en público,
destrozada su belleza, mutilada
admirada y aborrecida.

[Ventana 10 (1961)]


solteronas



No como en las historietas cómicas
en que todos los rostros son iguales
símiles sin luz ni el detalle mágico
con apenas una línea curva hacia arriba
cuando las muchachas dibujadas ríen
y otra hacia abajo como boca cuando lloran
no, en ellas mil detalles venían desde adentro
cambiando sus pasos abiertos y herméticos
de aquí subían sus canas brillantes
entre algunas hebras de cabello negro
como si tuvieran el pelo lleno de ceniza
y la frente plena de arrugas arrugas
como un enjambre como un quejido disperso
sobre sus cejas espesas algunas y otras
líneas duras de carbón y aquellas
narices de águilas envejecidas
o cortas como puntas de cuchillos romos
y las bocas en colores de rouge marchitos
rojo morado o ciclamen como si el tiempo
estuviera golpeando con sus alas de estaño
sus comisuras y hubiera carcomido sus dientes
negros amarillos destellos clínicos de oro
las manos enjoyadas topacios ópalos solitarios
y la colgante piel moviéndose temblorosamente
y aquel vientre debajo de sus mediolutos vestidos
en pliegues pliegues y pliegues ah y su andar lento
en compases andar de viejas victorias románticas
inventadas ahora aquellos parques
aquellas veladas aquellos cielos aquellos…
o meciéndose infinitamente en sus altas sillas
dos tres cuatro en una fila rítmica sin ayes
ni tragedias ni sonrisas apenas la alegría
de rezar de odiar de enseñar la cara falsa
de sus corazones olorosos a madera de laurel
por el largo encierro en sus roperos llenos
de historias de familia de las reseñas
de los retratos en óvalo colgados en las paredes
de cal ah viejas niñas antiguas doncellas
que sin un amor al que enterrar
sin unos brazos bajo los que haber yacido
en el run run de sus remotas salas
se mecen para siempre cuando ni un grito
ni un beso ni un gemido despertarán el sueño
de hielo en que sus ojos plomizos y sin brillo
miran caer la aurora desde sus áridos pechos…

[Ventana 19 (Octubre-Diciembre, 1964: pp. 46-47)]


fragmentos del último adiós en tres abrazos de sangre



es aquí…
donde las huellas de tu sangre
quemaron las cunetas.
Ah, cómo llorará tu ausencia
la madre que con tus manos
hacía nidos para los pájaros
obscuros de sus ojos.

y es allí donde estábamos juntos
pidiendo luz sobre tus sienes,
pero sonó la hora
y no hubo reloj que pudiera
marcar todo tu tiempo
anunciador de sombra
y de silencio.

            masatepe, julio 26 de 1959


[Ventana 2 (1960: p. 15)]

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