martes, 13 de marzo de 2018

Porvenir



Una mañana, apenas clareando, Chepe Pantano despierta con los gritos de su madre:

—¡Ahí están esos vagos! No sé por qué no buscan qué hacer, estar jodiendo a la gente tan temprano... Como si no tienen mama ni papa que los gobierne. ¡Levantate, José, despachame a esos tus tales amigos! ¡Y ni se te ocurra irte con ellos!


Lo dice desde la sala, sin dejar de ver a Eric y a Benito, que esperan afuera, a varios metros de la casa, prácticamente sobre la calle.

—Traemos el fuego, doñita, no se preocupe, el muchacho es de mecha corta, enciende balazo, no dilatamos —Eric intenta emitir un mensaje contundente y razonar con la señora, pero el codo de Benito le informa que no están ahí para iluminaciones.

La idea había sido de Eric. Luego de una reunión de algún gremio de escritores en un restaurante de la zona a la que habían logrado, no se sabe bien cómo, colarse, ambos decidieron que el ron de la cena merecía acompañarse de cerveza y pusieron marcha hacia un bar decadente que usaba como guarida la oficialidad del autodenominado underground artístico capitalino. Habían llegado al primer destino temprano, en autobús, y el plan original era volver del mismo modo, según dictaba el tintineo de las (pocas) monedas que en sus bolsillos representaba para ellos toda la riqueza de las naciones. Pero la caña susurraba otras verdades, y mientras Eric convencía a Benito de que podían (habiendo terminado ya ese día el servicio de transporte colectivo) llegar a su siguiente parada caminando —yo conozco bien, loco, allá segurito conseguimos mesa, carro o [énfasis ahuecando sus manos para sujetar una cintura ausente] cama—, los alcanzó la medianoche caminando por calles que parecían alejarlos de toda urbanidad.

—¡¿Que les pica el culo a ustedes?! —Chepe Pantano ha salido de su cuarto tratando de fingir indignación ante su madre; se mete en una camiseta [el calor le hace dormir con el torso descubierto], toma las llaves que cuelgan de una pared y abre la verja principal para por fin averiguar qué hacen ahí, de madrugada casi y entre semana, sus cofrades de letras.

—¿Vos sabés ese barrio donde está el INSS? —Benito ha estado describiendo el itinerario que los llevó, guiados por el azar objetivo que en secreto profesa Eric, desde el restaurante hasta el campamento de los campesinos que desde hace un buen tiempo exigen frente al parlamento que el Estado los acompañe en su batalla contra una transnacional que les arruinó la vida (a ellos y a su descendencia) con un pesticida que ya ningún país (serio) permitía usar—, pasamos el seguro social, te digo, y este maje empezó «señor capitán, ¿a dónde vamos?, lo sabremos más tarde, cuando hayamos llegado», pero ¡duro!, prix, gritando. Ya era de madrugada, pero había gente despierta, yo creo que por las elecciones, que ya vienen; la cosa es que nos regresamos por la avenida Bolívar, subimos de espaldas al lago y pasando la rotonda de Plaza Inter nos topamos con un grupo de travestis esperando clientes; allí nos quedamos con ellas un rato platicando hasta que pasó una camionetona, este maje dice que era Landcruiser, yo solo vi que no llevaba placas, y se las llevó a las tres, tres eran las majes, chill’in, al principio se pusieron al brinco con nosotros, pero ya cuando vieron que no buscábamos nada, nos sacaron plática, nos regalaron cigarros y...

El chirrido del portón lo interrumpe y anuncia a la mamá de Chepe Pantano que, escoba en mano, se dispone a engalanar el frente de su casa, donde opera un pequeño comedor al que llegan a desayunar y almorzar obreros y oficinistas que trabajan cerca y una que otra persona de paso por el barrio. La señora no dice nada, intenta pasar inadvertida, pero el trío enmudece varios segundos, hasta que:

—¿No nos fía un desayuno, doñita? ¡Estamos palmándonos de hambre, usted viera! —Eric toma un atajo a la ruta programada con cautela por Benito.

—¡Son unos zánganos ustedes! ¿De dónde me van a pagar si ni trabajan?

—A Benito lo contrató el Frente de fiscal...

—Por eso no te pagan, muchacho.

—¡Cómo no, doñita!, ¿no ve que va de fiscal de otro partido?, uno de los pequeños, los de relleno que tiene el Comandante, usted ya sabe.

—No, yo no sé nada; culicagados estos, creen que la vida es cajeta y el porvenir es chorizo. ¡Ya te me metés vos, José, me vas a ayudar hoy que no vas a clases!

Pantano intercede por sus camaradas, logra suavizar la situación y los enrola esa jornada en el micronegocio materno a cambio de alimento. Y parten, previo despabile a base de café-instantáneo-hirviendo y pan-con-mantequilla, hacia el mercado con una lista que Pantano ha levantado mientras su madre iba y venía por toda la casa sin dejar de organizar el día y recitar, en retahíla, su pedido.


Carlos M-Castro

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