miércoles, 21 de marzo de 2018

Umbrales textuales de Manuel Membreño (Managua, 1988)



La relación del artista con la tradición cultural que encuentra al momento de ingresar al campo intelectual (en el momento, pues, de su emergencia), su función como actor social y la utilidad misma de la obra de arte como producto de su trabajo son algunas de las reflexiones clave en la literatura de Manuel Membreño (Managua, 1988). Los dos libros que a la fecha ha publicado, Flojera (2012) y Poemas sin esquina (2013), problematizan estos temas ya desde el paratexto, en sus umbrales (al decir de Genette), y una serie de otras operaciones transtextuales son igualmente ejecutadas para ello.

Membreño interroga a su campo literario y cultural e insiste en preguntarle por la función de la literatura, por el papel de los intelectuales, por aquello que hace unos años se llamaba compromiso. Las alusiones librescas en su escritura son constantes, y alcanzan connotaciones que van más allá de la erudición gratuita. Los catorce cuentos de Flojera, por ejemplo, son encabezados por tres epígrafes cuya referencia intenta jugar con un falso carácter apócrifo.

Invoca a Lizandro Chávez Alfaro por medio del escritor y artista visual Donaldo Altamirano, fundador en 1988 junto con Juan Chow y Erick Aguirre del Comando Beltraniano de Saneamiento Literario, un «fenómeno cultural “misterioso, polémico y quisquilloso”, según la expresión del propio Aguirre» (citado por Helena Ramos, 2001) inserto, en homenaje al espíritu crítico del entonces recién fallecido Beltrán Morales, en el marco de las polémicas culturales de los años ochenta en Nicaragua. «Un cuento flojo es el que no le aporta nada a la literatura», dice Altamirano «desde una cantina en León», según Membreño.  

Luego a Jorge Luis Borges lo sitúa «en cualquier esquina de Palermo» para hacerlo pronunciar aquellas palabras impresas desde 1970 en el prólogo a El informe de Brodie donde se desmarca de la imagen del «escritor comprometido» y asegura solo querer «distraer o conmover y no persuadir». «La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido», acaba diciendo el que será personaje de «Un cuento cotidiano», el quinto del volumen de Membreño. A la declaración de principios borgesiana, sin embargo, el autor nicaragüense responde: «¿Vos creés que a mí me importa un carajo la literatura?», tomando prestado un verso de Soundtrack, publicado en 2005 por el costarricense Felipe Granados, a quien ubica «fumando en el barrio Amón» en el último de los epígrafes.

Los cuentos de Flojera, sin que esto demerite su valor estético, no son alardes de experimentación o transgresiones a las formas ya establecidas para el género. El narrador echa mano de recursos como la polifonía («Héroe») y el montaje cinematográfico («Lo que las personas dicen y hacen...» ), la narración enteramente dialógica («Quimera» parte I) o el documento hallado como fuente del relato («Los otros muertos»: el diario de un voluntario que tras un terremoto remueve cadáveres), el monólogo interior («Mother, do you think they’ll try to break my balls?», que explora los pensamientos de Nixon en el momento álgido de su caída en desgracia) y la técnica de la caja china (como en «Hacia las tierras de Goliat») o el entrecruzamiento de planos y perspectivas («El juego»). Recursos narrativos que no pretenden poner en crisis la ejecución netamente técnica del ejercicio literario, pero que funcionan como refuerzo de su discurso cuestionador.

Y si el conjunto de cuentos deja mayormente en paz a la tradición literaria, para concentrarse en ciertos aspectos de la realidad social inmediata del autor, otra cosa ocurre en Poemas sin Esquina, donde utiliza nuevamente los paratextos para establecer el tono y algunos de los temas de su discurso. El epígrafe con el que encabeza todo el volumen, así como su título, son tomados de la «Sinfonía del horror» que Juan Chow incluye entre los poemas «Pánicos» de sus Oficios del caos (Managua: Nueva Nicaragua, 1986).

Como se ha mencionado más arriba, Chow fundaría en 1988 junto con Altamirano y Aguirre el Comando Beltraniano de Saneamiento Literario, y pasaría a representar un ala menos hegemónica (y, en cambio, contestataria) de la tradición literaria nicaragüense, en la que uno de sus miembros más destacados sería ocasionalmente otro de los autores presentes en el sistema intertextual membreñiano: Carlos Martínez Rivas, quien no pocas veces fustigó las letras de su nación (y de toda Latinoamérica).

La alusión de Membreño a las esquinas del horror chowianas adquiere una connotación de geometría boxística, de voluntad pugilística: dice «poemas sin esquina» como quien dice «guerra sin cuartel». Una noción que se insinúa varias veces en el libro, pero que deja de ser sospecha en el noveno de los veintiséis poemas que lo conforman, el «Haikú para pintarse en los muros de la Universidad Centroamericana»:

Las buenas putas
saben rechazar clientes.
Los poetas no.


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Fragmento adaptado de mi tesis de pregrado, presentada en Julio de 2017 para obtener el diploma de licenciado en lengua y literatura.

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