lunes, 19 de marzo de 2018

Bakú: primavera llega



La foto se toma al acabar la fiesta. Ellas —todas (menos una) en vestidos de noche, cabellos largos: lacios o alaciados, sonrisas-permanentes-bajo-narices-finas-o-afinadas—, sentadas en un sillón muy largo, curvo y sin brazos; de pie y atrás —todos en mangas de camisa y pantalones casuales (menos uno, que lleva saco y corbata), sus barbas y cabellos recortados como por Euclides—, ellos. Estamos en un salón de una universidad azerbaiyana —privada— muy prestigiosa. Es el último sábado de invierno.

Minutos antes, mientras un grupo bailaba en ronda siguiendo los compases de los vientos y las percusiones del Cáucaso, cada botella —agua simple, refresco de cola, bebida energética— y cada plato habían sido apilados sobre la mesa por dos o tres de las muchachas. Se trata de una veintena de estudiantes de posgrado —las más, mujeres; casi ninguno mayor de 30— que celebra la llegada de la primavera; estoy ahí como el acompañante de mi esposa, la única extranjera de la clase que ha asistido a una celebración que puede resumirse entre la pista de baile y la consola del DJ a cuya vera se juntó antes la concurrencia haciendo karaoke.

Cuando llegamos una chica resucita a Freddie Mercury entre las fibras de sus cuerdas; otra intenta luego convocar a Adele y, tras un tema nacional en azerí, mi esposa regala a sus amigos con un cliché del pop de su país, queriendo complacer así a uno que más tarde preguntaría mi procedencia y me declararía: —¡Nicaragua, sí! En los ochenta tuvieron una guerra con... ¿Bush?... ¡oh, sí, Reagan! —Y al tiempo que se aleja de mi lado—: También tuvieron apartheid, ¿verdad?

Tras el fin de semana, un lunes como ninguno de los últimos: hace sol, los silbidos del viento no se escuchan casi, no hay cuervos sobrevolando el patio común de nuestro multifamiliar. Por la tarde vamos al centro por una gestión y vemos obreros del municipio apurados terminando trabajos de mantenimiento: pintan fachadas de edificios, colocan adornos, por allá montan una tarima. Ya el taxista que nos lleva había hecho la advertencia:

—Están apresurados porque mañana es Novruz —nos ha dicho en referencia al año nuevo persa con que los azerís celebran el comienzo de la primavera.

—¿Usted va a salir de Bakú por las fiestas? —le pregunto mientras se detiene frente a un cruce peatonal ante una señora.

—No —me dice—, me quedo a trabajar, todo está demasiado caro y ya no alcanza para nada.

Y así llegamos finalmente al banco, donde esperamos veinte minutos nuestro turno, antes de ir a casa a prepararnos para esta semana de descanso.


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