jueves, 15 de marzo de 2018

8 de marzo en Bakú, Azerbaiyán



Dos minutos antes de la medianoche, acabada la cena y la sobremesa, escucho un taconeo en el pasillo exterior. Vivimos en un piso en el que coexisten tres apartamentos; el que está frente al nuestro lo habita una azerbaiyana joven, soltera y muy amigable con la que hemos ensayado una relación social estorbada por nuestras agendas; entre el suyo y el nuestro, hay una puerta cerrada casi siempre. En este último han vivido, desde que nos mudamos a Bakú en febrero de 2016 (no hemos cambiado de edificio), unas dos o tres familias diferentes: ninguna ha llegado al año, según recuerdo.

El taconeo, pues, me intriga y asomo un ojo por el orificio que a tal efecto tiene nuestra puerta, esperando quizá ver a la vecina de enfrente, a quien hemos dejado de encontrarnos por sus constantes viajes; ¿es ella, que acaba de aterrizar tal vez desde Estambul, o quizá Doha? Sus pasos, sin duda femeninos, tacón-tacón-tacón, aceleran los míos y de la cocina casi salto a nuestro recibidor. Observo.

Una mujer joven y nada descompuesta aparece ante mi ojo. Un ramo de flores, ¿rosas, tulipanes?, ocupa una de sus manos; de su hombro cuelga un bolso y alguna otra seña me hace pensar que ha pasado parte del día en una oficina. La veo frente a una de las otras dos puertas. No es, sin embargo, nuestra ya conocida vecina: ante a su puerta, cerrada, no hay nadie. Esta para mí extraña (visitante o nueva residente) se apresta a trasladar su percusión pedestre al interior del apartamento que yo pensaba inhabitado. Esgrime con su mano libre una llave. Abre. Desaparece.

Así ha terminado este 7 de marzo en Bakú, y nuestro tercer Día Internacional de la Mujer azerí queda servido. Unas horas antes mi esposa había regresado de sus clases de maestría, en donde sus compañeros varones les obsequiaron flores a ella y a las otras; nuestra hija adolescente había llevado a casa ya su respectivo ramillete (más una taza en rosa mate con detalle floral y su nombre en aplicaciones multicolor), y más temprano, antes de salir a tomar el transporte escolar, su hermano mayor me había pedido algo de dinero para el festejo que sus condiscípulos y él harían para las chicas del salón: pastel, chocolates y, por supuesto, flores.

Al siguiente día, ya propiamente el 8, ninguno de los tres asiste a sus centros de estudio o de trabajo, y mi esposa y yo llevamos al parque a nuestro bebé, el mayor nos acompaña. Pasamos un par de horas muy entretenidas —sobre todo para el pequeño— entre otros niños y madres y padres bajo un clima soportable en medio de un invierno que, sin ser tan frío como el anterior, ha traído lo suyo. Volvemos a casa del mismo modo que llegamos: caminando, pero desde otra ruta.

Andamos hacia el cruce peatonal subterráneo que conduce al centro comercial Port Baku, un lujoso edificio que alberga tiendas como Emporio Armani o la filial de Bentley, además de apartamentos habitados casi exclusivamente por expatriados con altos ingresos. Atravesamos por debajo de un puente vehicular cercano y dejamos atrás otro parque más chico y la sala de exhibición de autos Ferrari. Cruzamos una calle ancha de doble sentido y llegamos a una vereda donde, a nuestra derecha, se encuentra una floristería.

Normalmente el establecimiento está muy calmo, con plantas de todo tipo primorosamente dispuestas sobre la acera y al interior; pero esta vez hay un pequeño tumulto en torno a un hombre en uniforme policial. Su porte y la confianza de sus gestos dejan adivinar un rango alto. De un vehículo estacionado ahí mismo salen varios niños, todos varones, igualmente uniformados. Hay una cámara de televisión que muestra el logotipo de un canal privado propiedad de un familiar del presidente; el camarógrafo es acompañado por una reportera.

Sin atrevernos a hacer ninguna indagación, seguimos nuestro retorno y solamente alcanzamos a ver un rótulo en grandes letras rojas a un costado de la floristería:

8 DE MARZO = AMOR


Carlos M-Castro

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