miércoles, 31 de agosto de 2016

En la T de la derrota




Volvemos a encontrarnos con Chepe Pantano una noche de viernes. Esta vez, tras reponerse de la goma con que amaneció —insoportable dolor de cabeza; no te embolés con vino, Rulfito, le advirtieron, pero él quiso hacerse el machito frente a Lorena— y haber llegado con ella al concierto de el-grupo-de-moda en el-bar-de-moda, nuestro personaje está con todo el pie izquierdo entrando derechito derechito y sin retorno a la Zona del Amigo.

La noche anterior, Chepito había asistido mucho más que puntual a la presentación de un libro a algún centro cultural gestionado con fondos europeos, más por el brindis de honor que otra cosa, y más por ver si conseguía algo con Lorena que por todo lo demás. Ese día por la mañana, cuando el joven Pantano se enteró de esta actividad, recordó una exposición en el mismo lugar a la que habían asistido sus amigos David y Benito; recordó lo que le contaron sobre la profusión de bebidas; recordó lo cerca que estuvo la última vez que vio a Lorena de consumar algo que él no sabía si atreverse a llamar amor.

La llamó.

Lorena y él, efectivamente, terminaron yendo juntos a la presentación del libro, de cuyo autor apenas sabían que era extranjero, que era poeta y que no estaría en el auditorio: conversaría con los demás panelistas vía Skype. Esa noche de jueves, sin embargo, no fue de lo más halagüeña para Chepe. Su amiga, que poco a poco se le enterraba en la piel como alfiler en tela para confeccionar un traje (fúnebre, agregaría él), se arrimó toda la velada a conversar muy animadamente con el editor del libro, a quien Pantano conocía de rostro y quien, claro, le caía remal.

El viernes, como ha quedado dicho, José Laguna, despojado de toda literariedad, amaneció con la madre de las resacas y, a más de perder las dos clases que tenía esa mañana, olvidó una cita que a última hora, estando ya borracho, había hecho con Lorena. Así que a las dos o tres de la tarde, cuando ya era otra vez Chepe Pantano y recordó encender su celular (tras alimentar la pila) para leer un único mensaje que tenía (de Lorena: «Ya no puedo seguirte esperando, José»), se supo nuevamente en la T de la derrota. Tomó varios libros de su precaria biblioteca y salió corriendo a malvenderlos.

De modo que terminó invitando a Lorena al concierto mencionado. Ella lo encontró casi a las nueve sentado en una banca al pie de las escaleras por las que se sube a el-bar-de-moda. No le reclamó nada. Le dio un beso en la mejilla y le mencionó que la función había estado bellísima.

¡La obra! Fue hasta ese momento que a nuestro personaje le cayó el veinte: había quedado con Lorena en ir a la función didáctica (diurna) de una obra de Fernando Pessoa que montaban ese día, viernes, en la sala experimental del teatro nacional. El marinero (así se titula) incluso le parecía a Pantano una hermosa pieza que habría disfrutado muchísimo con Lorena.

—Te quiero mucho, José —le dijo ella tras darle otro beso en la mejilla mientras subían. Con su sonrisa, Lorena se lo dijo todo.

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