lunes, 23 de noviembre de 2015

Tres años de «La casa detrás del tiempo»


Hace tres años salía a circulación La casa detrás del tiempo, el primer poemario de Enrique Delgadillo Lacayo, poeta de las últimas promociones de Centroamérica. La presentación en Managua se hizo en el Centro Nicaragüense de Escritores, y mientras Delgadillo Lacayo hacía lo propio en El Lobo Estepario de San José de Costa Rica, yo presentaba su obra ante el público nicaragüense. He aquí mis palabras.



La paja detrás del tiempo


Carlos M-Castro

Esta noche nos congrega la promesa del refrigerio. Refrigerio, que según el por muchos sobreidolatrado diccionario de la corporación de academias de la lengua española se refiere, en su primera acepción, al beneficio o alivio que se siente con lo fresco.

Lo fresco, del germánico *frĭsk: nuevo, ágil. Como los versos de La casa detrás del tiempo, de Enrique Delgadillo Lacayo, quien advierte a un apóstrofo lírico que seguramente se corresponde con una de esas señoritas cuyo hobbie de fin de año es escupir trozos mal masticados de corazones de poetas hediondos a flores:

Me quedaré en la silla del caminante para escribir un diario
que algún día se encuentre en el fondo del mar
dormido como una esponja sobre tu cama.

¡Perra!

Eso último es mío.

Sin embargo, nos asaltan como parásitos intestinales algunas dudas:

-¿Quién es ese tal Enrique Delgadillo Lacayo?
-¿A quién le importa?
-¿Qué pretende escribiendo poemas? ¡Y publicándolos!
-Ajá, La casa detrás del tiempo… ¿Y a mí qué?

En un país como Nicaragua, donde al menos dos mujeres son asesinadas por razones de género cada semana; donde unas dos de cada diez personas sobreviven con menos de un dólar al día; donde cada cuatro embarazadas incluyen a una adolescente; donde, no nos hagamos los pendejos, el poder y la riqueza se lo quedan cada día menos idiotas; en este lugar, digo, en efecto: ¿De verdad no nos sentimos frívolos y culpables, desencajados, enajenados por estar bajo esta paja esta noche? ¿No sentimos asco de nosotros mismos?

Yo, no.

Enrique no es un poeta ni un intelectual; es un buen hombre, que vale más que lo otro. Su perfil de Facebook nos informa que nació el 5 de febrero de 1988, que tiene un hermano y una hermana, y que su madre se llama Coco. Doña Coco. Enrique es, ante todo, el hijo de doña Coco. Un hijo fiel y amoroso. Y también es mi amigo, pero esto solo secundariamente. A doña Coco le interesan estas cosas.

En este 2012 que nos ha dejado al menos libros de 6 autores menores de 27 años; el nacimiento de un nuevo festival de poesía; la conformación de un nuevo sello editorial, gestionado por cipotes, además; la próxima aparición de una antología de narradores en su mayoría menores de 30 años por este mismo sello; la articulación de un discurso generacional aportado por un mosaico de diez escritores, entre poetas y narradores, que comparecieron en público durante este último semestre que ya nos abandona; en este 2012 memorable, Enrique encuentra una silla vacía colocada, como en las fiestas de cumpleaños de nuestra infancia, alrededor de la piñata que, sin ofuscación pero con ánimo, nos aprestamos —sí, vendados y bailando ridículamente— a reventar con todo el huevo o los ovarios.

Nos congregó esta noche la promesa del refrigerio.

Ya caen los caramelos. Hay que tirarse al piso. Estense atentos.




Jueves 22.11.12


Poemas de Enrique Delgadillo Lacayo pueden leerse aquí, en Círculo de Poesía, y aquí, en Eterna Cadencia. 

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