lunes, 9 de julio de 2012

La vida desde un sillón // Autorretrato II


Por Carlos M-Castro


El doctor John Dorian está de guardia en el hospital Sagrado Corazón cuando un hombre de unos cuarenta años es ingresado con una grave intoxicación alcohólica. Se presume que ha ingerido también otras sustancias. La decisión es tomada rápidamente, se sigue la rutina: lavado estomacal y observación en cama. En el momento en que el paciente recupera la conciencia entra a la sala la doctora Reid y ambos se quedan viendo a los ojos, aquel sonríe y le dice: Hola, soy Charlie, tengo una bella casa en la playa de Malibú, estoy seguro de que te encantaría relajarte en la terraza observando el océano y tomándote un refrescante margarita.

Horas antes Charlie se divertía con un par de «amigas» acompañado por un sujeto al que había conocido esa misma noche y que se le acercó para preguntarle su secreto con las damas. Te he observado las últimas tres semanas, le dijo, vienes a este lugar, te sientas en la barra, pides un escocés en las rocas y las mujeres simplemente se te abalanzan, casi que se te montan ahí mismo, por favor, te lo suplico, dime qué me hace falta. Un espejo, respondió Charlie.

El tipo se llamaba Howard Wollowitz y por alguna razón, quizá el exceso de alcohol en la sangre, a Charlie le agradó y lo invitó a sentarse con él en la barra. Tras unos minutos se fueron del bar a una disco con tres veinteañeras muy atractivas. Luego de varios tragos y un par de pastillas, a Charlie le pareció ver en la pista a un ornitorrinco con sombrero bailando con una esponja de mar que usaba pantalones cuadrados, a un sujeto gordo con piel amarilla, calvo, que se besaba con una mujer del mismo color y cabello azul, alargado hacia arriba, además de un robot que sacaba una botella de cerveza tras otra de un compartimiento en lo que sería su abdomen; el robot fumaba un habano y le ofrecía bebida a Charlie, que este rechazaba, a lo que aquel respondía: ¡Muerde mi brillante trasero!

Muerde mi delicado trasero, oye claramente que le dice la doctora Reid. Charlie sonríe aún más.
 Hasta el 29 de junio mis mañanas de lunes a viernes del 2012 habían transcurrido de manera similar. El primer martes de julio me enteré de que Warner Channel modificó su programación matutina. No más Charlie Harper ni Sheldon Cooper compartiendo sus respectivas genialidades con mis sedentarias 180 libras que siempre justifico con los antipsicóticos, cuya dosis cada mes disminuye, en proporción inversa a mi masa corporal.

El sol me encuentra dormido cada día, a veces soñando aún: que vuelo o levito sobre la ciudad, que voy con algún amigo a tomar una cerveza, que conduzco un auto deportivo, que cojo con alguna de mis ex y/o una de mis amigas. Normalmente me levanto antes de las ocho y voy al baño, me lavo los dientes, orino, a veces cago. Voy a la cocina, busco qué comer y me dirijo al sillón con el plato, enciendo la tele y veo la primera temporada de Scrubs, una y otra vez repetida por Sony Entertainment Television; capítulos seleccionados de las primeras ocho temporadas de Two and a Half Men y de The Big Bang Theory; una hora de descanso que a veces ocupo en bañarme y vuelta a la carga con Los Simpson y Futurama, aunque a veces, placer culposo, a las once sintonizo el Nickelodeon para ver dos episodios de Bob Esponja. Pero ahora mi modus boludiandis matutino ha sido perturbado. Sin los programas de Warner me quedan dos horas libres en la mañana. Y la verdad es que las fantasías del doctor J.D. ya me las sé casi de memoria. Y ni hablar de las sandeces de Bob, Patricio y Calamardo. Quizá sea momento de devorar los libros que devoran el espacio de mi cuarto; Góngora, Kafka, Lezama Lima, Goethe, Chéjov, los nuevos compañeros del sillón. Quizá primero deba mover mi abultado trasero al lavandero. Se me acaba la ropa limpia.


Rubenia
4VII2k12

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