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Carlos M-Castro



Nací en un lugar que ya no existe. El hospital donde mi madre me dio a luz una mañana de julio de 1987 sería demolido varios años después, tras un enjambre sísmico que iba a poner histérica a toda una ciudad; revivía el fantasma del terremoto que en 1972 había destruido este mismo lugar, Managua, capital de un país donde la última revolución social del siglo XX en América medio aguantaba en pie el día que cortaron mi cordón umbilical. Nací, pues, en un lugar que ya no existe. Crecí en un barrio que más o menos siguió siendo de izquierdas en los noventa bajo las olas reformistas tras el fin de la revolución. Éramos mi hermana mayor y yo; en mi memoria mis padres nunca vivieron juntos, nos crio mi madre sola. En la escuela lo mío eran los números, nunca leí mucho, así que a mis 16 años, con título de bachiller, decidí estudiar una ingeniería en la universidad; habiendo llegado mi turno en la fila de inscripción, puse la equis en «Industrial». Tras casi cinco años, y pese a un desempeño académico más que decente, cambié guarismos por grafemas sin importar que solo faltaran nueve materias para finalizar; poco antes había iniciado estudios paralelamente en Lengua y Literatura y a trabajar de corrector de pruebas en uno de los periódicos más grandes de Nicaragua. Eso fue en 2008. Para finales de 2010 me había iniciado tímidamente en el periodismo, vivía en una casa rentada a medias que era casi una comuna, tenía dos plazas de corrector, un libro de poemas inédito, la licenciatura sin tomar forma, crisis existencial y una gata negra. Publiqué Antropología del poema en 2012 bajo el sello editorial Leteo, luego de recibir un año antes un premio nacional (interuniversitario) de cuento, una mención en un certamen estatal de dramaturgia y tratamiento psicofarmacológico. Desde entonces me dedico a la escritura (de ficción y no ficción) y trabajos míos han sido publicados en antologías, revistas y sitios web editados en varios países. Por ahora vivo en Bakú, Azerbaiyán, donde acompaño a mi esposa, que sirve como diplomática al gobierno de su país, y ocasionalmente enseño español como lengua extranjera. También cocino, cuido de mi hijo bebé y ayudo en la edición de la revista literaria Álastor.

En este enlace, una muestra de mis poemas.