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viernes, 3 de noviembre de 2017

Revista Álastor, a un año de distancia




Las revistas, esos artefactos creadores de futuro, son una de mis pasiones. Me gusta imaginar que con ellas se puede construir puentes y derribar muros. Álastor es la aventura más reciente en la que me he enrolado; desde hace un año, cuando me integré al equipo editorial, hemos publicado ya cuatro números.

Nacida como un esfuerzo de mis colegas y amigos Yader VelásquezVictor Ruiz y Berman Bans en Nicaragua, aquella su primera edición (Octubre 2016) era una apuesta por algunas voces que empiezan a surgir, como las de Aldo Vásquez o Cristal Espinoza Gaitán; por otras que ya se enraízan con fuerza a la lengua y se enfrentan a ella incluso, como la de Berta García Faet, o que han estado ahí largo rato tras el manto impuesto por la fragmentación (o segmentación) de nuestros mercados editoriales, como las de María del Carmen Pérez CuadraLigia María Orellana o Gustavo Campos. También por el trabajo mayormente inédito de autores como Miryam HacheDouglas Téllez, Ana Gabriela Padilla.

Una apuesta que jugaba igualmente a las seguras, con un nombre cada vez más respetado como el de Julián Herbert, siempre generoso compartiéndose, y traducciones de poemas de Ted y Frieda Hughes —que inevitablemente remiten a la Plath—, así como de la brasileña Francesca Cricelli. Aquel era un coctel de autores nacidos mayormente entre los años setenta y ochenta, e incluso inicios de los noventa, en más de media docena de países que en su mayoría son un solo país: la lengua compartida.

Mucho presente con aroma a futuro; presente que queríamos conectar con el pasado, con nuestra tradición común, a través de un ensayo sobre el Cantar de Mio Cid y otro que habla de un poeta centroamericano ya mítico, Carlos Martínez Rivas, a quien en aquel momento la española Años Diez Revista de Poesía acababa de dedicar una separata monográfica. Tradición entendida como dinamismo autoinquiridor —y hasta autodestructivo—, que quisimos expresar a través de una reseña del Amado monstruo de Javier Tomeo escrita por Edgar Rivera y otra del Coronel Lágrimas de Carlos Fonseca, autores que participan a su modo de la tensión que toda obra debe provocar con el sistema literario para evitar estancamientos.


Un año después, en la cuarta edición, con el trabajo de dieciocho autores nacidos todos en el continente americano y varios de ellos residentes fuera de sus territorios de origen [en geografías culturales y políticas tan amplias como Azerbaiyán, Bélgica, Chile, Guatemala, Estados Unidos o Uruguay], pareciera que nos hubiésemos hecho una pregunta cuya respuesta ha desafiado a los nuestros por generaciones: al fin, ¿qué somos?, ¿dónde acotamos nuestras identidades?

Si fuésemos alumnos del Esquema, podríamos decir que el siglo XX entre nosotros fue una tarea —cumplida o no— relacionada con los orígenes, tipo dibujo a palito y bola donde unos monos, diferenciados por su tamaño y otros (poquísimos) detalles, representaban a la familia; o la composición ornamentada en que se describe, hoja por hoja, rama a rama, la propia genealogía. Árbol del que bajamos con ansiedad y angustia: tras ser capaces de ir con Juan Preciado al mero infierno en busca de un padre desconocido, volvimos desconcertados, buscando en cada espejo una silueta que fuera propia.

Partiendo, pues, de un territorio que les es propio [¿en verdad les es propio?], Gerald D. Rivas y Gerardo X. Zúniga describen, por ejemplo, cómo Marcel Jaentschke transforma su primera novela en desatornillador, alicate o dinamita para exponer el interior de un aparato que bajo el nombre de identidad nacional se ha heredado a varias generaciones en Nicaragua; identidad que Alfonso Guido intenta asir con la memoria en una crónica en que narra su proceso de adaptación desde este país a la realidad de Guatemala, adonde migró hace ya varios años; y que también problematiza, en una arista tradicionalmente poco afrontada, David Rocha Cortez al enfocar a la «cochona ciudad letrada» desde la obra del dramaturgo Rolando Steiner.

Identidades que, nos recuerda Leonel Delgado al enfrentar los discursos que sobre un territorio de entrecruce como New Orleans plantean el escritor José Coronel Urtecho y el cineasta Jim Jarmusch, van transformándose al tiempo que se redibujan fronteras, y que se insertan en procesos y proyectos mayores como la americanidad y la modernidad. Y es que, de acuerdo con Luis Topogenario, hay una responsabilidad política inherente a la escritura: en el binomio escritor-lector, dice, aquel se encuentra en la parte poderosa de la relación de poder cultural. Un poder del que Fátima Villalta está consciente al conmemorar a Marcial Pablo Baranda, estudiante de magisterio mexicano desaparecido, junto con otros cuarenta y dos, el 26 de septiembre de 2014 en el estado de Guerrero.

Tareas del escritor en las que a su modo contribuyó también desde su labor aglutinante Ulises Juárez Polanco, cuyo deceso repentino y prematuro lamentamos con un texto colaborativo Berman Bans y yo. ¿Qué, finalmente, somos?, se preguntaba él cuando editaba los libros de su generación o entrevistaba a sus contemporáneos en un espacio de diálogo que aún no se cierra. Misma pregunta que, estupefacta ante el horror de nuestro tiempo, se hace igualmente María Farazdel (Palitachi) a través de su poesía; o que también desde la lírica sufre con valentía Alain Pallais, poeta nicaragüense veterano de guerra como soldado de los Estados Unidos.

Ser y no existir, he ahí, he ahí, diría la poesía de Francisco Ruiz Udiel, Alejandra Sequeira y Mario Martz, según proponen Luisa Alemán y Melania Mendoza. Habrá que irse, salir de uno mismo o al menos distanciarse de la patria, metafórica o literalmente, como de alguna forma han hecho Alejo Steimberg y Lolita Copacabana o el fotógrafo Ernesto Castro Mora con sus imágenes que desautomatizan lo cotidiano. Un día a día que a su vez sirve como materia prima a Emila Persola, de acuerdo con mi lectura de su Hiperhumano, para plantear una búsqueda que al parecer ocupará aún muchas de nuestras energías: la identidad perdida.

Entonces, si la nación ya no contiene lo que somos, ¿nos convendrá insistir con una identidad transnacional? Así podría interpretarse la serie que inaugura la revista con poesía de autores nacidos en los países del istmo centroamericano; Juan Carlos Olivas, el primero de ellos. Es decir, tomando prestados títulos de otros dos autores costarricenses: la Larga noche hacia mi madre dio paso finalmente a un amanecer que trae demanda bajo disfraz de súplica: Dígame quién soy yo, madre. La reflexión llevará a la acción. Nos viene urgiendo.