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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Números

Foto por por: Jimmy Baikovicius.


Es algo que uno nota mientras espera a que los otros pasajeros se acomoden en el avión: no existe el asiento 13. Tampoco el F. Lo he visto en cada nave de todas las aerolíneas en que he viajado menos una, Aeroflot. —Los rusos no le tienen miedo a nada —ha bromeado alguien. Con tanto arsenal nuclear, pienso, puede que así sea; o todo lo contrario.

Tampoco en la capital de Azerbaiyán, que hasta inicios de los noventa formó parte de la Unión Soviética, parece haber alboroto con esa cifra. Lo que, por otro lado, no exime a los  azerbaiyanos de excentricidades numéricas. Cuando se compra una tarjeta sim para el celular, por ejemplo, es posible escoger el número que luego pondremos en tarjetas de presentación o —llegado el caso, y con más esperanza que certeza— servilletas bajo luces tenues de bar o discoteca.

El precio del chip varía, no según la compañía que se elija, sino de acuerdo con la cifra. Desde cinco manats —que antes del triunfo de Mr. Trump del otro lado del mundo equivalían a unos tres dólares— hasta cien manats —poco más de sesenta dólares— es el rango que he apreciado. Te dan una lista con los números disponibles en la sucursal. A simple vista los más costosos son los más sencillos de memorizar. Pero también los más bellos.

Un capicúa entraría por derecho propio en esta categoría. Si tu teléfono acaba en 23532, seguramente será más fácil de recordar que si termina en 03795 (a, menos, claro, que tengás hoy 21 años y hayás nacido siete de marzo o tres de julio... en cuyo caso igual sería pobre recurso nemotécnico para esa persona interesante que conocerás alguna noche y que seguramente perderá la servilleta). El más costoso que he visto en venta termina en puros ceros. Seguramente habrá precios más altos.

Sin acercarnos siquiera un poco a su comprensión, añadiré nomás que este fenómeno abarca otros aspectos de la vida cotidiana bakuense. El azerbaiyano común podrá categorizar socialmente a un recién conocido con solo conseguir su celular. O bien esperándolo en el estacionamiento, en el obvio entendido de que la persona en cuestión tenga vehículo (si no, ¿pa' qué molestarse, verdad?), y leyendo entonces el guarismo grabado en su matrícula. Una que acabe en varios unos será sin duda gran aval socioeconómico.

Pero si bajo tu defensa lucís un 007, no hay Brosnan ni Craig ni Connery que valgan. Al menos no en Bakú.