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jueves, 24 de noviembre de 2016

Adiós a Lenin




Por Carlos M-Castro |


Debió de ser a finales de los noventa. Mi madre ponía todos los libros que había en casa dentro de un saco. Fue una mañana de fin de semana. O tal vez no. Pudo ser un día cualquiera después de su despido del Ministerio del Trabajo, donde había resistido desde el fin de la Revolución a un gobierno opositor al partido en que militaba, el Frente Sandinista. De ser así, la escena habría ocurrido en el 97, año en que nacería luego mi último hermano. Año en que la Administración Alemán había iniciado sus obras en Nicaragua. 

Yo la veía refundir los tomos en el costal y desde mis diez años de edad solo alcancé a salvar algunos títulos como Sobre la grama, de Gioconda Belli, y una plaquette del poeta-guerrillero Leonel Rugama. También había, entre las obras completas de Lenin —más de veinte volúmenes en pasta dura— y la selección de lecturas de El Capital que irían a la basura, una novela de algún soviético que entonces desconocía y cuyo nombre quedó enterrado para siempre bajo millones de minutos de entretenimiento televisivo.

Un busto en bronce del líder bolchevique, igualmente desterrado ese día de nuestro hogar, completaba la purga materna. Quizá fue a partir de entonces que el tomo 13 de la Nueva Enciclopedia Temática, disfrutando su absolución, se hizo mi acompañante y casi tutor en ratos de ocio. Se trataba de una selección de lecturas y pasatiempos cuyo «Desocupado lector: sin juramento...» impreso en grandes mayúsculas casi al inicio todavía asocio más con esa última infancia desideologizada y carente de guía intelectual que tuve, que con el pórtico hacia los territorios de Alonso Quijano.

Para un muchacho introvertido que usaba los pantalones hasta el ombligo y que tenía poco talento para la actividad física, un libro como ese representaba, en medio de un ambiente poco inclinado a formas más o menos sofisticadas de entretenimiento, una rendija luminosa por la cual podía asomar siquiera un ojo, enfocando mientras el otro permanece cerrado, al mundo de la cultura. Nada importaban los doce volúmenes restantes; mi amigo el 13 tenía varias historias para contarme y, aun mejor, muchos juegos y acertijos y proyectos que proponerme.

Con él aprendí los primeros movimientos de ajedrez, la forma correcta de sujetar el taco de billar, los principios del cifrado de mensajes, la construcción de edificios a escala... Y más, y únicamente hubo que decirle adiós a Ilich. Y al único sueldo fijo que entraba cada mes a casa.