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lunes, 20 de octubre de 2014

El verso está desnudo

* Estrategias de difusión de la poesía utilizadas en Nicaragua
* Alianzas con artes como la música, la pintura, el video,
* Incluye playlist con poemas nicaragüenses musicalizados



Por Carlos M-Castro


La poesía ha sido soberana incuestionable en las letras nicaragüenses; como los reyes de antaño, su autoridad parece venir directo del cielo y ser inherente a su naturaleza. Lizandro Chávez Alfaro (1929-2006), unánime fundador de la narrativa moderna del país, inició su camino literario en la poesía. Lo mismo que el más exitoso narrador actual de Nicaragua: Sergio Ramírez (1942), de quien es posible rastrear piezas líricas en la revista Ventana que editaba en los años sesenta.

Nadie puede escapar de la esfera de poder de la reina madre de las letras nacionales. Desde hace una década, el producto cultural más grande de Nicaragua —y probablemente el que genera mayores réditos para más personas— es el Festival Internacional de Poesía de Granada, con sus siete días continuos de lecturas públicas a las que cada año asiste gran cantidad de personas gratuita y espontáneamente. Y hasta 2010, según la desaparecida Brújula Semanal, Nicaragua registraba más literatura ante la agencia del ISBN que cualquier otra categoría bibliográfica, y la poesía tenía preponderancia en el apartado.

¿Abdicar?

No es extraño, sin embargo, oír críticas sobre la capacidad comunicativa de la poesía, o más bien: de los poetas. Reclamos como «no se le entiende» o «es aburrido» podrían estar haciendo las veces de consignas jacobinas que buscan socavar las bases de la monarquía del verso. La poesía, en cualquier caso, no se echa a esperar en su trono aterciopelado.

De su reino lingüístico ha enviado representantes plenipotenciarios a realizar alianzas con otros territorios artísticos. Si se revisa la historia más reciente de la poesía en Nicaragua, se observa que, desde la pintura hasta el video, pasando por la música y las artes escénicas, los maridajes discursivos se han diversificado en función, parece ser, de encontrar receptores con más apertura a la expresión que desde Darío ha sido molde y marca de la (¿alta?) cultura de este país centroamericano.

Alianzas

En 2007, Iván Uriarte (1942) publicó un volumen titulado Imágenes para Dalí, donde la obra pictórica del creador del método paranoico-crítico es tomada como motivo, pretexto, paratexto e intertexto de los poemas del jinotegano. El libro presenta en paralelo pintura y versos, en una asociación que, se supone, beneficia en primer término a los consumidores de arte en Nicaragua.

Mario Martz (1988), otro embajador del feudo, logró en 2009 un tratado con el vasto y rico imperio de la música. En al menos dos ocasiones durante ese año, junto con el guitarrista Hardiel Vílchez, se puso en escena la Cantata poética, donde metáfora, armonía y ritmo se ofrecieron enmelcochados a los oídos del público de Matagalpa y Estelí, en el norte de Nicaragua.

Y no es algo precisamente novedoso. Desde las conocidas adaptaciones darianas de Ofilio Picón —cuya «Bala» escrita por Salomón de la Selva (1893-1959) ha sido, pese a Rubén, su estandarte—, hasta aquel «Smaragdos Margara» de Carlos Martínez Rivas (1924-1998) que el Dúo Guardabarranco cantó lacrimosamente, la música ha tenido una relación robusta con la poesía escrita por ciudadanos de este país que hoy habitan más de seis millones de personas.



No falta ir muy lejos en el tiempo: recientemente pudimos escuchar cómo Gioconda Belli (1948) enlazaba versos con acordes de Perrozompopo en turnos con su melodía durante un espectáculo televisivo de recaudación de fondos para niños con discapacidad.

La canción es una aliada natural de nuestra reina, no importa el género; Grupo Armado, cuyo frontman, Alejandro Mejía, es conocido por haber fundado bandas icónicas del rock nacional como C.P.U., basó la letra de «La lucha con las palabras» —que no se incluye en el único álbum que publicó— en el poema homónimo con el que Uriarte abre el combativo Cuando pasan las suburban, que lanzó en 2001 como denuncia a los desmanes del entonces presidente Arnoldo Alemán (1997-2002).



Hoy es posible oír versiones de Revuelta Sonora o de Enrique Bunbury de poemas de Rubén Darío (1867-1916). Y el personaje de un cuento de este caudillo cultural es usado también para dar nombre a una banda que hace su propuesta de alianza con poetas. Garcín, de las últimas sensaciones del rock alternativo nacional, desde hace unos meses comparte escenario con un dúo formado por Martz y Enrique Delgadillo Lacayo (1988): Los Amigos de Monet.



Estos dos poetas, que ejercen también el periodismo cultural, se unieron recientemente además con un artista audiovisual, Ioel Molina, para producir, con apoyo financiero de la Iniciativa Cultural Alemana Nicaragüense (ICAN) y logístico del Centro Cultural de España en Nicaragua (CCEN), un cortometraje, Vano Urbano (2014), que Molina define como «una pieza de video poesía que incluye versos de poetas jóvenes nicaragüenses contemporáneos».

Algo que, a su modo, hizo con dos poemas de Francisco Ruiz Udiel (1977-2010) el VJ Israel Lewites en 2011 para crear lo que podría catalogarse como los videoclips de «Habría que sembrar girasoles» y «Hay noches», dos piezas incluidas en el póstumo Memorias del agua (2011).



Vano Urbano, que contó con la producción de Madeline Mendieta (1972) y NotiCultura.com, fue presentado al público de Managua por primera vez el 26 de marzo de 2014, en un escenario donde un Pachelbel perfectamente ejecutado por las cuerdas de Nelly Silva, Horacio Guerra y Zuriel Bermúdez sirvió como el lienzo donde Mendieta, Alejandra Sequeira (1982) y Jazmina Caballero (1977) arrojaron la policromía de sus letras.

Bermúdez, Guerra y Silva | Foto: Gabriela Montiel

Esa noche, en opinión de Yasica Sur y Tania Zambrana, dos de las más de cien personas asistentes, el ambiente creado por el maestro barroco germano y sus médiums favoreció la experiencia estética ofrecida por las poetas.

El fin de la poesía

Y aunque Delgadillo Lacayo subraye que la poesía no es únicamente texto y que con este tipo de fusiones discursivas él no se propone hacer que sus creaciones le lleguen a más gente, lo cierto es que cada vez es posible encontrar más propuestas de este tipo operadas por representantes de la corona que en alguna ocasión se llamó «la camisa férrea de mil puntas cruentas».

Sin mencionar los performances que Mendieta y Sequeira han producido y presentado en años anteriores, ni los resultados que la Residencia Académica para Poetas Performáticos gestionada por Espira, La Espora con apoyo del Festival Internacional de Poesía de Granada tuvo tras su (hasta ahora única) convocatoria a finales de 2009; hay iniciativas de crear diálogos entre la poesía y otros lenguajes que podían (o aún pueden) generar una expansión de los territorios artísticos tradicionalmente parcelados.

Hay que recordar la serie de montajes que, proponiendo ensambles de poesía, música y artes escénicas (incluso modelaje), produjo en el último lustro del 2000 Martín Mulligan, a.k.a. Emila Persola (1979). Y tener en cuenta los proyectos interdisciplinarios que más recientemente Adolfo Beteta (1977) ha promovido con bandas de rock, poetas y teatristas experimentales.



Para Beteta, que vivió su adolescencia y primera juventud en Massachusetts y ha practicado el spoken word, la relación que tiene la poesía en Nicaragua con las personas comunes, sobre todo en eventos públicos, se complica porque a los poetas «les cuesta leer; no saben entonar, darle emoción» y, por tanto, «las lecturas son aburridas». Su última alianza la hizo con Nemi Pipali, una banda que toca algo que podría llamarse «latin-funk» y que le permite a Betetea realizar una de sus actividades favoritas: exponer su obra.


La poesía es en Nicaragua una institución; no hay que olvidarlo: es una monarquía. Y como toda institución, una de sus señas distintivas es la autopreservación, la permanencia, la resistencia al cambio. No hay que ver en estos signos embrionarios una mutación violenta de su naturaleza. Y, en todo caso, el verso, ese rey que enfunda su sagrado cuerpo en trajes que le fabrican con telas traídas de otros reinos, podría estar desfilando como el soberano de aquella leyenda folclórica al que embaucaron con un tejido supuestamente invisible a personas «inferiores».

Por mucha posmodernidad que se le quiera meter al asunto, el poema seguirá siendo el poema. La primera ley, creador: crear. La materia prima de los poetas son las palabras; no hay que esperar que venga un niño a despertar a todos con su risa y dedo señalando al soberano con esta frase incuestionable: ¡El rey está desnudo!