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jueves, 25 de septiembre de 2014

Managua: La tentativa imposible

El espectador es la primera novela de Javier González Blandino, autor nicaragüense nacido en 1984. He aquí un comentario.

Por Carlos M-Castro

Cuando metemos los pies a ese pequeño estanque conocido como «Generación del 2000», «Los 2000» o «Generación del Desasosiego» —grupo heterogéneo de autores nicaragüenses nacidos entre mediados de la década de 1970 y finales de la siguiente—, encontramos entre sus comentaristas la observación de Helena Ramos acerca de su voluntad de negación. Francisco Ruiz Udiel, en un artículo aparecido en Cuadernos Hispanoamericanos en febrero de 2010, cita que la poeta ruso-nicaragüense considera que estos escritores «dicen no a la manera anterior de amar, de hacer literatura y política»; para ella, estamos ante una «Generación de la Noluntad», en cuyos textos no se lee afirmación alguna, sino que contemplamos una especie de retrato en negativo, que antepone un No a cada realidad heredada.

Para el poeta alemán Timo Berger, entre la joven generación de escritores nicaragüenses «la poética de la negación parece muy arraigada», y esto «tiene que ver con el contexto histórico». Su observación, que en poco difiere de la hecha más de un lustro antes por Ramos, es pertinente por el solo hecho de que coincide con la de esta sin que Berger tuviera noticia suya con anterioridad. Eso nos da licencia para atrevernos a echar cerca alrededor del estanque al que nos referimos.

Estanque en el que encontramos, buceando bajo los poetas que flotan plácidamente en sus tablas hidrófobas con un vaso en la mano, a algunos narradores que con cierta osadía nos traen noticias del fondo de esas aguas aparentemente calmas. Desde 2011 uno de estos atrevidos ha sido Javier González Blandino (La Paz Centro, León, 1984), quien ese año nos salpicó con su primer hallazgo: Historia vertical (Managua: Leteo ediciones), libro de relatos que en cierta medida plantea las obsesiones de este explorador.

En entrevista con Juan Carlos Ampié en el programa de televisión «Esta noche», en septiembre de 2011, González Blandino manifiesta que en Historia vertical quería demostrar que «en todo lugar hay algo que contar». Unos meses después, en julio de 2012, durante su turno en la serie de charlas «#Los2000: Autores nicaragüenses del nuevo milenio», organizada por el Centro Cultural de España en Nicaragua, nuestro autor reiteraría su afirmación de modo más categórico: «El protagonista sigue siendo la ciudad».

Este rasgo va a ser transferido a su segundo libro, la novela El espectador (Managua: Soma, 2013), donde, en palabras de Roberto Aguilar Leal, realiza uno de los intentos «más consistentes, literariamente hablando» «de incorporar nuestro paisaje urbano real al ámbito de la ficción narrativa». La cuidad, esta vez específicamente Managua —la Managua post-neoliberal—, continúa siendo el personaje principal de la ficción narrativa gonzalezblandina. Y, siendo el paceño parte de esa generación a la que durante su comparecencia en «#Los2000» llamó sardónicamente «El show de Los Peques», en alusión a un programa de la farándula mexicana, no escapa ileso del cerco de alambre de púas que describimos al principio: la noluntad.

Pero ¿qué niega Javier González Blandino? La obvia metáfora del estanque donde los poetas se han quedado apenas en la superficie, mientras los narradores se han sumergido de cabeza en sus aguas, remite evidentemente al hecho de que son estos, hasta el momento, quienes han entregado mayores —y acaso mejores— intuiciones sobre la realidad que habitamos. González Blandino, en esta novela en la que no oímos otra cosa que la voz del narrador-protagonista, cuyo nombre jamás es pronunciado y a través del cual auscultamos las arterias malolientes de esta capital alucinante que es Managua, plantea la imposibilidad de alcanzar la civilidad, y quizá a través de esta conservar la humanidad.

El habla, uno de los rasgos más característicos del ser humano, es puesto en duda por «El Espectador» en uno de sus constantes soliloquios, cuando, dirigiéndose imaginariamente a la mujer de la que está enamorado y a quien nunca confiesa su amor, cuestiona:
¿Qué sentido tienen entonces las palabras, Carmen, si son como férulas ensangrentadas, como bastones que se rompen al caminar y que han perdido el filo, que ya no expresan nada? (p. 38)
La imposibilidad del lenguaje. Y con ella, la imposibilidad del ser humano. «El Espectador», que se define a sí mismo como solamente «un punto de vista, una mirada» (p. 27), es la encarnación de esa imposibilidad; bien podría haberse llamado «El Hombre Imposible» y su significado permanecería intacto. Su condición de espectador remite, sin embargo, al hecho de que nuestro personaje habita incómodo el universo llamado Inacción: es un cincuentón que estuvo, sin convicción alguna, en el obligatorio Servicio Militar Patriótico en los ochenta, enmontañado en el interior de Nicaragua como muchos jóvenes entonces para «defender» la Revolución Popular Sandinista; que se vio virtualmente huérfano cuando su padre, siendo él todavía un adolescente, decide irse del hogar porque tenía otra mujer y su madre huye, afrentada por haber seguido a su marido hasta La Paz Centro, a donde la convenció de mudarse para tomar un puesto que le habían ofrecido en la compañía eléctrica; que ahora trabaja en un catering como mesero y que vive solo, rumiando la posibilidad de formar un hogar con Carmen, una cuarentona compañera de trabajo que llega a insinuarle la propuesta de vivir juntos, a la que él simplemente responde con una sonrisa.

El hombre imposible. O, más bien, el hombre inactivo. Así vive y así muere. Después de haber hecho lo que mejor sabía hacer: nada, ante la oferta de Carmen, el protagonista se encierra en su casa durante varios días, donde, sin comer y sumergido en sus recuerdos, es encontrado por la muerte.

La imposibilidad de la que hablamos se refuerza en pasajes de la novela que el protagonista relata al observar. La imposibilidad planteada por El espectador, recordamos, es la de la civilidad. La civilidad como capacidad de socialización, de urbanidad, de coexistencia humana, en fin, de humanidad. En solo el primer capítulo encontramos un episodio en esta tónica. Un tipo se marcha de un evento realizado en una embajada. Carmen y el protagonista están ahí recogiendo todo al final de la velada. El tipo regresa y golpea a «El Espectador», tras reclamar unas llaves que ha extraviado. Momentos después llega una mujer a buscar al tipo y le dice que las llaves han aparecido, que no estaban perdidas. El tipo se va sin pedir siquiera una falsa disculpa.

«[L]a urbe resulta ser un texto» que el paseante-pensante, el flâneur, «desoculta, visibiliza […], destruye y vuelve a construir para sí mismo y para los demás», dice González Blandino en un ensayo publicado en la revista El hilo azul. Este texto, que resulta ser una suerte de sustrato teórico de la novela publicada casi simultáneamente, remite de inmediato al protagonista de El espectador, flâneur propuesto por su autor para esta Managua en la que intentamos vivir.
Porque esta imposibilidad del personaje-hombre, cosido inevitable y fatalmente a la ciudad que habita —personaje principal, como hemos dicho—, es al final de cuentas la imposibilidad que comparte Managua como proyecto urbanístico. La perniciosa condición de metrópoli inconclusa, de promesa rota, de esperanza vana.