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lunes, 5 de mayo de 2014

Tan lejos, tan cerca

[Prólogo al libro De ahí no más / poesía actual de Centroamérica y el Caribe (Bahía Blanca: Vox / San José: Germinal, 2013)]







De Centroamérica lo que se conoce son las bananeras (la vieja banana republic), el canal de Panamá, guerras de guerrillas proto-marxistas, una revolución inconclusa y un premio nobel de literatura, dejando atrás los mismos males históricos: la conquista y el mestizaje. De ahí deriva que todo lo que se espera del ámbito literario sea eso, es decir, nada, o sea, narrar el horror. Para la década de los noventa la región centroamericana había cumplido su ciclo social, lo que significaba que nada podría ponerse peor, pero tampoco mejor. Todos los males del resto del mundo estuvieron acá: hambrunas, genocidios, dictadores, todos a pequeña escala. Centroamérica también tuvo sus producciones editoriales notables con notables escritores; tuvo su mayo del 68, como también intenta tener su versión local de los Nürnberger Prozesse. La región existió para que grupos musicales como Kortatu escribiera Nicaragua Sandinista o The Clash grabara un álbum bajo el nombre de Sandinista! Centroamérica existe como un imaginario plagado de exotismos con playa incluida para el resto del mundo. Desde Panamá hasta Guatemala, cada país se hace de una receta propia y culpa al otro de robarla —eso rige en lo político, económico, social y cultural, pero claro, también en la cocina: así, cada año, se hace una competencia en que Nicaragua y Costa Rica son rivales: el Gallo Pinto más grande. Las empresas transnacionales tienen su rol. En cada país, sus habitantes juran que el primer McDonald’s fue ahí (en realidad el primero fuera de USA fue en Costa Rica). De Centroamérica lo que no se conoce es que no tiene memoria histórica. Murió, desapareció. Panamá es como Puerto Rico, estados de USA. Costa Rica, país que estuvo fuera de los conflictos bélicos en la década de los ochenta, pasó de ser “La Suiza Centroamericana” a ser seleccionada como “El país más feliz del mundo”. Nicaragua cambió de administración y la oligarquía nunca fue removida. Honduras ya es un logro que siga como país. El Salvador hace las mejores pupusas de la región, a pesar de lo que diga un Horacio Castellanos-Moya. Guatemala tiene la más interesante producción literaria. Belice nació en 1981. Centroamérica como región existe, pero no existe como unidad política. Prueba de ello es que el pasaporte CA-4 (pasaporte centroamericano de integración regional) se extiende únicamente de Nicaragua a Guatemala. Si lo pensamos bien, la región Centroamericana tuvo un desarrollo bastante hegeliano: si la primera fue una tragedia, la segunda una comedia.

A este punto, esto parece más una especie de pasquín político que la introducción a una antología de poesía, pero como no vamos a explicar por medio de un tratado socio-histórico el desarrollo de la literatura centroamericana y como no vamos a hacer una introducción explicando por qué esta antología tiene una cosa y no la otra, vamos a tratar de retomar, con nuestras palabras y vivencias, cómo entendemos la región. Rebobinemos el casete. Centroamérica no existe. Mentira, Centroamérica sí existe, digamos no existe literatura centroamericana, como tampoco una sola receta única del Gallo Pinto en toda la región. Lo que sí existen son escritores centroamericanos, o mejor dicho escritores que viven en Centroamérica. Algunos todavía creen en la palabra lírica como si fuese un regalo del Olimpo; otros intentan superar a las generaciones pasadas al mismo tiempo que otros conocen a las generaciones pasadas e intentan imitarlas. No se puede decir de antemano que todos los rupturistas son del pacífico y los que se entregan a los abismos del lenguaje “poético” de las sierras. O los que se contagian de otras influencias, otros tonos y colores, son del Caribe, decir eso sería demasiado fácil. Está claro que las influencias tienen una marcada estética, sea poética o política. Rubén Darío no hubiera contribuido lo necesario de no haber sido el primer traductor/promotor de escritores franceses. Joaquín García Monge no hubiera sido el editor/difusor que fue si en su juventud no hubiera conocido los textos anarquistas de Bakunin y Anselmo Lorenzo. En el pasado, tanto desde adentro, como desde afuera, se inventaron categorías, se moldeaban estilos. De la crónica costumbrista al texto enmarcado en la hipermodernidadpunk, pasando por lo digital, la necesidad de enmarcar los fenómenos fue más un asunto para las academias que para los escritores sin ver que el mayor problema que existía era la precaria difusión, el pobre desarrollo del mercado editorial y lo principal, el déficit bibliográfico por falta de librerías o bibliotecas. Pero eso ya no funciona (si alguna vez funcionó). Creemos que hay una nueva camada de escritores en Centroamérica, que no les importa nada ser un escritor centroamericano, que leen otras voces y otras formas de lenguaje. Que no escriben desde el campo, desde la selva, desde la revolución. Que escriben desde la ciudad, desde las tablas de surf, desde las estaciones de servicio, desde las tabernas. Que escriben muchas veces para los amigos más cercanos y terminan siendo la voz de un momento. No cantan, de-cantan, discantan. Y a pesar de todo esto, aún con el nivel masivo de medios sociales, Centroamérica está incomunicada en el plano físico. La conexión de poetas de latitudes tan lejanas como Belice y Panamá se da, pero casi lo mismo que la conexión entre un poeta de Tierras del fuego y otro de la República Democrática del Congo. Pasa lo mismo en los festivales de poesía, ferias internacionales o encuentros académicos, que en su mayoría funcionan como mausoleos en que viejos cadáveres llevan de la mano a jóvenes para que no cambien su estética, sino que perpetúen el discipulado. Ante esto, esfuerzos independientes así como nuevas formas de entender el lenguaje han logrado abrirse un camino, se levanta una “insurrección solitaria” en cada país y aquella lejana década de los noventa, en que se pensaba que la región centroamericana había cumplido su ciclo social, vio nacer una “generación de posguerra” en Guatemala donde la estética iba más allá de la palabra y utilizaba el libro como un objeto; y si Guatemala tuvo su Editorial X, encabezada por Estuardo Prado con autores como Javier Payeras, Costa Rica tuvo su sisma político-estético con Kasandra, dirigida por Jorge Jiménez, la revista más trashcore que dio pie a un serio cuestionamiento en la forma de cómo se decían las cosas. Ambos son hoy productos del olvido, recordados en pequeños textos, al sonido del destape de algunas cervezas que amigos abren para brindar por la nostalgia, al igual que sucedió con proyectos similares que no salieron de las manos de tres o cinco amigos, en otras partes de la región.
Hoy, los festivales independientes y las editoriales independientes son las que apuestan todo, son los kamikazes de la cultura. Son quienes logran poner los ojos nuevamente en la región y sirven de reflejo para entender que en Centroamérica hay una nueva literatura, variada, pero existe. Hemos empezado esta colección de Nueva Poesía de Centroamérica y del Caribe hace algunos meses, después de conocernos en San José, Costa Rica, y con el intercambio epistolar creció, para finalmente desembocar en un manuscrito que dejamos a manos de las lectoras y los lectores de la Argentina y el resto del mundo.
Timo Berger y Juan Hernández
San José y Berlín, junio 2013