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sábado, 30 de junio de 2012

¡¡Juan José Arreola!!


Ilustración de Valeria Zelaya Lacayo.


La ciudad crepita al fondo, helada, a nuestros pies. Managua vista desde El Crucero a medianoche de un jueves de junio, rodeados de oscuridad, contemplando cientos, miles de pequeños puntos de luz temblorosa, asteriscos que disminuyen y aumentan cada segundo, celosos de las estrellas que desde arriba lanzan mensajes que de momento no nos preocupamos por descifrar, Cielo y Tierra en comunión de hogueras.

—En este terreno se construirá una casa de Arnoldo Alemán —me dice José Adiak. ¡Maldito gordo!, pienso, debería seguir preso y para colmo nos va a quitar este placer visual. Comienzo a tirar piedras a un pequeño montículo que identifico como el futuro inodoro del expresidente-expresidiario.

La noche había empezado en El Panal. Un litro de Toña, bocaditos de cerdo, un elogio mío al último cuento publicado por José Adiak.

—No lo terminé —le confieso—, pero lo que leí me dice que es un buen texto.

Valeria no sabía que la revista que edita Ulises Juárez y dirige Sergio Ramírez lo había incluido en su último número. Le pregunto a José Adiak si ya tiene mi libro, Antropología del poema. Me dice que no, que el día de la presentación no pudo llegar y que no lo había conseguido aún. Le obsequio entonces un ejemplar.

—¿Qué andás leyendo? —me pregunta, al ver otro libro en la bolsa de donde saqué Antropología...

Rayuela, la estoy releyendo; después de Los detectives... no sabía con qué seguir. —Pienso en 2666, que Mario Martz deberá prestarme en cuanto termine.

Valeria comenta que ella está leyendo los cuentos completos de Cortázar. Yo le digo a José Adiak, con segunda intención, que tengo ganas de leer El obsceno pájaro de la noche. Sé que él tiene un ejemplar, lo mencionó un par de años atrás cuando lo entrevisté para Soma con Marcel Jaentschke en este mismo bar y además Valeria me lo confirmó recién.

—Efectivamente, tengo uno que me regaló Peñalba, una edición ¡bella! de Alfaguara, pasta dura, con un texto al final donde Donoso detalla el proceso creativo de la novela…

Se oye que afinan una guitarra y ruido de percusión. Habrá concierto. Debemos irnos antes que empiece para no pagar entrada.

—Vamos a Bocanada.

Cuando sugirieron el nuevo destino mi mente quedó en blanco. Pregunté y me dijeron que quedaba cerca de Literato, enfrente, para ser precisos, y entonces pensé en un bar al que habíamos ido semanas antes Mario, Enrique Delgadillo, Gloria Ruiz y Kenia Somarriba, tras la presentación del Infierno erótico de José López Vásquez.

Al llegar, sin embargo, me doy cuenta de que no es el mismo establecimiento. Es uno relativamente nuevo que, para mayores señas, está en la misma placita que las oficinas del Festival de Poesía de Granada y cuyo mayor atractivo, además de la música, acorde con su nombre cerático, es la ubicación de las mesas al aire libre bajo el cielo despejado de Managua. Eso y la promoción de cervezas Victoria, a 120 córdobas las seis botellas de 12 onzas, ante la cual cedemos José Adiak y yo; Valeria es abstemia y pide o una gaseosa o un jugo, da igual.

Camino a Bocanada alguien mencionó la edición de Cuadernos Hispanoamericanos dedicada a la «nueva» literatura nicaragüense, que de nueva solo tenía un par de autores, tal vez cuatro, rencor nuestro: Carlos Fonseca Grigsby, cómo no; Javier Padilla [«¿Quién es él?»; «Un nica radicado en Estados Unidos, probablemente primo de Luis Báez»]; Ulises Juárez Polanco y (según José Adiak) Jazmina Caballero.

Tomamos asiento y volvemos a la conversación. Ante mi observación de que la revista carecía de un texto panorámico de lo nuevo que se escribe en Nicaragua, José Adiak me muestra una entrevista a Blanca Castellón que de inmediato identifico hecha y respondida por correo electrónico.

—Es verdad —dice José Adiak—, la Blanquita me contó que así había sido.

—Sí, es que nadie puede contestar con tanta propiedad y elocuencia a estas preguntas oralmente.

De comentar la ausencia de más autores jóvenes pasamos de inmediato a hablar (mal) de la edición de la revista, de la falta de ortografía, del lapsus del editor al escribir Columbia en vez de Colombia; a elogiar una frase cursi: «Nicaragua empieza por R, de Rubén Darío».

También comentamos (favorablemente) las ilustraciones que, aunque pocas, eran muy buenas, al grado de recordarnos a Gustave Doré. Valeria, que es ilustradora, reconoció el excelente trabajo gráfico, que bien podían ser grabados o plumilla.

La meliflua Mayo Cuadra aparece con Luiz Bravo y nos acompañan. José Adiak y yo convertimos seis cervezas en doce. Conversamos, inevitablemente conversamos de San Antonio de los Baños, a donde Luiz se irá en septiembre a estudiar cine; de lo bella que es la Mayo; del enorme sacrificio que, por eso mismo, tendrá que hacer su novio al irse a Cuba; de procesos creativos y de esperma.

Es cuando tuiteo: «Hoy me di cuenta que @chechonoizer probó su semen cuando adolescente», y me gano el regaño de Valeria por indiscreto. Bailamos. Seguimos tomando. Y se acaba el dinero.

Dejamos entonces a la pareja y nos vamos… a otro bar, por la del estribo, cortesía de la tarjeta de José Adiak. Acabamos en Santera, donde hablamos de la Revolución Silenciosa, equivalente a la Revolución Infinita; de teorías de conspiración y otra vez de «El cuarto blanco», cuyo tono llevan todos los cuentos del nuevo libro de José Adiak y que será incluido en una antología que prepara Leteo ediciones. Y le estampo una dedicatoria (probablemente vergonzosa) al libro que he obsequiado a nuestro amigo narrador.

Y aunque habíamos quedado en que Valeria me llevaría a casa al terminar la velada, por alguna razón nos vemos camino al mirador milagroso.

Valeria conduce por la Pista Suburbana y yo trato de recordar el nombre de un narrador que debe salir a ocupar su justo lugar en el canon alcohólico de medianoche que vamos dictaminando.

Recuerdo Confabulario, que Sania, en edición de Cátedra, me tiene desde hace un tiempo. Menciono que era uno de los autores soslayados del llamado Boom; que era mexicano; les hablo de un cuento en el que juega con la parábola de Jesús de que es más fácil hacer pasar un camello por el ojo de una aguja, etcétera; pero no consigo recordar su nombre.

Cuando llegamos al mirador, la epifanía. Junto a otro vehículo estacionado bajo un poste de luz, tras ver el paisaje, el nombre glorioso de Arreola se dibuja con trazos precisos ante mis ojos.

Y comienzo a gritar ¡¡Juan José Arreola!! cada cinco o diez minutos ante la risa de mis acompañantes. ¡¡Juan José Arreola!! ¡¡Juan José Arreola!!

Pero Arreola no arreará el carro, que al (querer) retirarnos no enciende.

Llamamos a la grúa. Mientras llega, vemos correr un conejo por la calle hacia el matorral de Alemán. Sigiloso, lo persigo. Lo tengo al alcance y estoy por atraparlo, pero mi celular suena. Puedo apreciar un gesto de burla de mi presa. Un gato aparece ante mí.

Dos ejemplares de mi propio Bestiario.

¡¡Juan José Arreola!!


Carlos M-Castro
Rubenia
28.06.12